Tras el papa Borja

Ocurrió justo cuando parecía que lo peor había pasado y la preocupación sobre su estado de salud se había trasladado del padre al hijo. La víspera, el 17 de agosto de 1503, el papa Alejandro VI, Rodrigo de Borja, se encontraba mucho mejor de las fiebres que le habían mantenido en cama durante dos semanas e, incluso, jugó unas partidas de cartas con sus cardenales más íntimos. En el piso de arriba, su hijo César, Generalísimo de los Ejércitos Pontificios, Duque de Valentinois y Urbino así como Señor de Imola, Rimini, Faenza y Piombino se debatía entre la vida y la muerte aquejado del mismo mal que su padre. Ambos habían caído enfermos tras un banquete celebrado en la villa campestre del cardenal Adriano da Corneto. En aquel momento poco importaba si ambos agonizaban por causa de un envenenamiento o por una de tantas infecciones que azotaban cada verano a la insalubre Roma. Lo que estaba en juego era el poder que la familia Borja –ya italianizada como Borgia– estaba a punto de perder si sus dos pilares –el Papa y el Duque– morían. El 17 de agosto de 1503 parecía que el Papa se recuperaba pero, tal día como ayer de hace 512 años, Alejandro VI Borja moría en los «Appartamenti Borgia». Según dictaba una bárbara tradición, los sirvientes y el pueblo de Roma se preparaban para saquear las habitaciones papales, robar e incluso linchar a familiares y amigos del papa muerto. Sin embargo, el fiel Miquel Corella –un hijo bastardo del conde de Cocentaina, verdugo personal de César y a quien los italianos habían aprendido a temer bajo el nombre de Michelotto y de quien prometo hablar en otra ocasión– consiguió, espada en mano, sacar del tesoro papal ciertas cantidades y mantener las cámaras de los Borgia del Vaticano a salvo del saqueo que, no obstante, se extendió por Roma como era su salvaje costumbre a cada muerte papal. Rodrigo de Borja tenía 72 años y había sido pontífice durante los últimos once.

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