Hace poco más de veinte años, (o quizá son ya demasiados) viajé  por primera vez a Suecia. Allí viví durante un año como partícipe de uno de los primeros programas de intercambio de estudiantes. Las diferencias entre la España de principios de los 90 –que intentaba incorporarse a la modernidad europea una vez superada la Transición– y la avanzada Suecia no podían ser más acusadas ante mis ojos aún adolescentes. Y los contrastes no sólo eran los obvios como la lengua, sino también las costumbres, los modos, las maneras de aquella sociedad tan lejana de la española. A lo largo de las siguientes dos décadas, he repetido docenas de veces aquel primer viaje, desde el cálido Mediterráneo al gélido Báltico, aprendiendo y comprendiendo los resortes de un país del que apenas conocía –como el resto de sus compatriotas– nada más que un puñado de tópicos.

Este libro es el fruto de la experiencia acumulada durante este tiempo. En sus páginas se repasa la Historia, la Literatura, la Gastronomía, la Política y, sobre todo, la esencia misma de la vida nórdica. Todo ello bajo mi mirada personal donde intento mezclar su propia andadura con referencias literarias e históricas de todo tipo. En algunos casos, la experiencia sirve para desarmar algunos tópicos como el de la sueca ninfómana o la percepción que los españoles tienen sobre Suecia como una sociedad perfecta, epítome del Estado del Bienestar. En otras ocasiones, los mismos clichés resultan ser cadenas demasiado gruesas para ser cortadas y, por ello, hay que conformarse con ser explicadas. Y, en el camino –como pasa siempre con los buenos viajes– el resultado final es que se termina conociendo mejor lo propio gracias a la inmersión en lo ajeno. No hay nada mejor que alejarse un par de metros de un cuadro para admirarlo en toda su magnitud.

Constantin Cavafis expresó como nadie en su poema más famoso, Ítaca, que lo importante de un viaje no es llegar sino crecer gracias a las experiencias que se acumulan a lo largo del trayecto. Ítaca era la patria de Ulises, convertida gracias a los versos del poeta de Alejandría en un símbolo de la vida como sendero.

La isla real está al oeste de Grecia y es un lugar cálido y seco como corresponde a un enclave mediterráneo. La Ítaca que se muestra en estas páginas -mi Ítaca- es una minúscula ínsula en el archipiélago de Estocolmo que se llama Högmarsö. Una Ítaca verde, rodeada de un mar oscuro y gélido donde, casi siempre, hace frío.

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