Bienvenidos al Monte Vaea

Hay lugares en el mundo que es mejor imaginarlos que visitarlos. Uno de ellos es el monte (aunque más bien es una colina un poco desarrollada ya que solo mide 472 metros) Vaea, en la isla de Upolu, en Samoa. En la cima, una tumba blanca, un tanto tosca, alberga los restos de Robert Louis Stevenson o, como le llamaban los samoanos, Tusitala (Cuentacuentos). La muerte encontró al autor de “La isla del tesoro” o “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” en esta isla del Pacífico Sur y, por eso, quiero considerar este blog como un lugar para contar historias mirando al océano, bajo la sombra de los árboles tropicales y ante la poderosa presencia de uno de los más grandes contadores de historias. Aquí las habrá reales y también ficticias. Habrá actualidad, cuentos, música, literatura, historia y, en general de todo (o casi todo) lo que se me pase por la cabeza y acabe en el teclado porque todo –como bien sabía Stevenson– puede ser una historia si tiene un narrador que la ofrezca y un público que la reciba. Bienvenidos.

Yo también soy ‘ministérico’

Hoy subo a la cima del Monte Vaea no para contar una historia junto a la tumba de Stevenson sino para expresar el placer de haber sido el receptor de la historia que contaban otros. O mejor dicho, para felicitar a quienes han sabido (y espero que sigan haciéndolo mucho tiempo mas) contar historias a base de jugar con nuestra Historia en un experimento tan grato como la serie de TVE El Ministerio del Tiempo, que anoche inició su segunda temporada.

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La narración del gran narrador

Hacía demasiado tiempo que no subía a la cima del monte Vaea a contar una historia y hete aquí que el calendario me ha brindado la feliz oportunidad para narrar la narración de un gran narrador. Y valga la aliteración para, además, felicitarle. Y es que tal día como hoy, 28 de diciembre, hace 93 años, nacía en Nueva York, Stanley Martin Lieber, hijo de emigrantes judíos rumanos, más conocido como Stan Lee, el padre, entre otros muchos personajes, de Spiderman, Los Cuatro Fantásticos o la Patrulla X. El gran creador del Universo Marvel puede presumir de haber aportado a la cultura popular occidental un elenco apabullante de iconos que, además, son una fábrica de hacer dinero.

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La historia de ‘La historia interminable’

Si no hubiera sido por el cáncer de estómago que acabó con él a los 65 años, este 12 de noviembre Michael Ende hubiera cumplido 86. La efeméride me sirve de excusa para subir hoy a lo alto del Monte Vaea y, junto a la tumba de Stevenson, recordar uno de los libros más importantes de mi vida que supuso casi una lectura fundacional y de la que soy deudor directo. Evidentemente, es La historia interminable.

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La Albufera en el cementerio de París

La publicación –y la gran acogida entre la crítica y los lectores que debo agradecer a diario varias veces– que ha tenido mi primera novela, ‘El silencio del pantano’ ha tenido un efecto perverso que intento corregir con estas líneas y que no es otro que el lamentable abandono de este blog. Así que, de nuevo junto a la tumba de Stevenson, aquí en lo alto del Monte Vaea me propongo hablar –no soy demasiado original dadas las fechas– de muertos, lápidas y cementerios. Un post de temporada, vaya, como en la verdulería. Y también hablaremos de un personaje muy importante para mi ciudad, Valencia, y, como es natural en estos casos, bastante desconocido para los valencianos.

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Lisbeth Salander är tillbaka

Yolanda y un servidor en lo alto del Katerinas Hissen en Estocolmo. A nuestra izquierda está el edificio de Milton Security donde trabajaba Lisbeth Salander.

Durante los últimos días, toda Estocolmo estaba llena de carteles que decían lo siguiente: Lisbeth Salander är tillbaka, o sea, Lisbeth Salander ha vuelto. Y es que, este jueves, 27 de agosto, en medio de una enorme expectación y con un despliegue de medios de comunicación sólo comparable –que yo recuerde– a los últimos volúmenes de la saga de Harry Potter, se presentó una nueva aventura (sí, así hay que llamarla) del personaje de ficción sueco más importante desde Pippi Långstrump (nuestra Calzaslargas): Lisbeth Salander. O, por decirlo de otra manera, por fin llegaba la cuarta parte de la Saga Millennium, once años después de la muerte de su creador, el periodista sueco Stieg Larsson. Me puedo permitir la broma de decir que, en lo de hacerse el sueco, me considero una autoridad en la materia con, incluso, un libro publicado cuyo primer capítulo se puede descargar aquí y, si alguien quiere leerlo entero, adquirir “En Ítaca hace frío” aquí mismo. Y así justifico la entrada de hoy en el blog para hablar de “Lo que no te mata, te hace más fuerte”, escrito por David Lagercrantz y que publica en castellano Ediciones Destino. Y hablar también de mi segundo hogar: Suecia.

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Tras el papa Borja

Ocurrió justo cuando parecía que lo peor había pasado y la preocupación sobre su estado de salud se había trasladado del padre al hijo. La víspera, el 17 de agosto de 1503, el papa Alejandro VI, Rodrigo de Borja, se encontraba mucho mejor de las fiebres que le habían mantenido en cama durante dos semanas e, incluso, jugó unas partidas de cartas con sus cardenales más íntimos. En el piso de arriba, su hijo César, Generalísimo de los Ejércitos Pontificios, Duque de Valentinois y Urbino así como Señor de Imola, Rimini, Faenza y Piombino se debatía entre la vida y la muerte aquejado del mismo mal que su padre. Ambos habían caído enfermos tras un banquete celebrado en la villa campestre del cardenal Adriano da Corneto. En aquel momento poco importaba si ambos agonizaban por causa de un envenenamiento o por una de tantas infecciones que azotaban cada verano a la insalubre Roma. Lo que estaba en juego era el poder que la familia Borja –ya italianizada como Borgia– estaba a punto de perder si sus dos pilares –el Papa y el Duque– morían. El 17 de agosto de 1503 parecía que el Papa se recuperaba pero, tal día como ayer de hace 512 años, Alejandro VI Borja moría en los «Appartamenti Borgia». Según dictaba una bárbara tradición, los sirvientes y el pueblo de Roma se preparaban para saquear las habitaciones papales, robar e incluso linchar a familiares y amigos del papa muerto. Sin embargo, el fiel Miquel Corella –un hijo bastardo del conde de Cocentaina, verdugo personal de César y a quien los italianos habían aprendido a temer bajo el nombre de Michelotto y de quien prometo hablar en otra ocasión– consiguió, espada en mano, sacar del tesoro papal ciertas cantidades y mantener las cámaras de los Borgia del Vaticano a salvo del saqueo que, no obstante, se extendió por Roma como era su salvaje costumbre a cada muerte papal. Rodrigo de Borja tenía 72 años y había sido pontífice durante los últimos once.

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Un viaje a Hiroshima

El hongo atómico de ‘Little boy’ fotografiado desde el ‘Enola Gay’

El 6 de agosto de 1945, a las 8 horas, 44 minutos y 17 segundos de la mañana, la escotilla del bombardero estadounidense B-29 Enola Gay se abrió a 9.470 metros sobre la ciudad de Hiroshima, en el suroeste de Japón. Little Boy, la primera bomba atómica de la Historia, cayó en picado durante 43 segundos antes de estallar, como estaba previsto, a 600 metros del suelo. No obstante, los vientos del este la desviaron poco más de 200 metros sobre su objetivo, el puente Aloi, y explosionó sobre la cúpula de la Cámara de Comercio. Desde el punto de vista de la Física, fue una explosión ineficiente ya que sólo se produjo la fisión nuclear en el 1’38% de los 64 kilos de Uranio-235 que llevaba en sus entrañas. Con todo, fue suficiente para provocar una detonación de 16 kilotones, el equivalente a 16.000 toneladas de TNT. La temperatura en el epicentro subió hasta un millón de grados centígrados convirtiendo el aire en fuego. Durante esos 43 segundos de vuelo, el Enola Gay se alejó 18’5 kilómetros y, aunque su tripulación percibió la onda expansiva, no sufrió daño alguno. Abajo, en tierra, 70.000 personas murieron en un instante y el 69 por ciento de los edificios de la ciudad quedaron reducidos a cenizas. El genio científico humano había conseguido materializar un horror tecnológico sin precedentes que, aún así, repetiría, tres días después, en Nagasaki con otro ingenio de muerte llamado Fat Man y sus 6’2 kilos de plutonio con un poder aún más destructivo, pero que causó menor devastación gracias a las condiciones geográficas de la ciudad. Con todo, 25.000 personas murieron en pocos segundos. De la primera detonación, la de Hiroshima, hace hoy 70 años.

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