Yo también soy ‘ministérico’

Hoy subo a la cima del Monte Vaea no para contar una historia junto a la tumba de Stevenson sino para expresar el placer de haber sido el receptor de la historia que contaban otros. O mejor dicho, para felicitar a quienes han sabido (y espero que sigan haciéndolo mucho tiempo mas) contar historias a base de jugar con nuestra Historia en un experimento tan grato como la serie de TVE El Ministerio del Tiempo, que anoche inició su segunda temporada.

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El acueducto de Segovia en plena construcción en la serie de TV.

Hacía ya tiempo que no experimentaba la dulce sensación de la expectativa, de los nervios y la ansiedad por algo que sabes que te va a gustar y que, al final, te gusta mucho más incluso de lo que habías esperado. Conforme uno va cumpliendo años, espera cada vez menos de las cosas, especialmente, en lo que a entretenimiento se refiere y más en concreto cuando se trata de la televisión. Y si estamos hablando de productos patrios, para qué seguir hablando. Mil razones hay –entre las que me sé, las que supongo y las que imagino– que expliquen el porqué en esta Edad de Oro de las Series que nos ha tocado en (buena) suerte vivir, la producción española es tan mediocre salvo honrosas excepciones. No es el objetivo de estas líneas abrir ese debate. Simplemente me limito a señalar un hecho fácilmente comprobable. Las series españolas están muy lejos en casi todo de las de otros andurriales. Y no hace falta compararse con los ejemplos de la inmensa industria audiovisual norteamericana porque otros países con los que nos podríamos equiparar como Suecia, Italia o Francia nos dan sopas con honda si en el menú figura la ficción televisiva.

160217 Javier Olivares y Marc Vigil
Javier Olivares y Marc Vigil (Foto del diario La Nueva España).

Y en esas andábamos (ya digo, que de vez en cuando hay alguna excepción a la sit-com o al folletín televisado) cuando, el año pasado, la idea gestada por los hermanos Pablo y Javier Olivares y materializada por Marc Vigil tras las cámaras se hizo fantasiosa realidad. Así surgió El Ministerio del Tiempo (MdT) que creó, por vez primera que yo sepa, un movimiento fan español sobre una historia de aventuras y ciencia-ficción equiparable a los grandes iconos de esa cultura popular ‘friki’ a la que pertenecemos algunos desde hace décadas. Y es que los fans del MdT, que somos legión, constituimos el colectivo de ‘ministéricos’ con el mismo orgullo y sentimiento tribal que los devotos de la británica Dr. Who o la estadounidense Star Trek, salvando, por supuesto, todas las distancias.

El ‘frikismo’ –si se me permite el neologismo y la pedantería– ha experimentado esa ley universal que enunciaba Umberto Eco en su libro Apocalípticos e integrados en la cultura de masas donde decía que todo movimiento contracultural o subcultural termina haciéndose cultural o, al menos, aceptado por lo que el autor italiano denomina, no sin cierta chufla, ‘alta cultura’. Con los ‘frikis’, que hace un par de décadas éramos bichos raros ha pasado eso y ahora ya no necesitamos explicar quién es Gandalf, ni que Lobezno pertenece a la Patrulla X y podemos despedirnos tranquilamente de alguien deseándole que la Fuerza le acompañe sin que nuestro interlocutor sienta la necesidad de llamar a un manicomio. O al menos, no nos lo dice.

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El Ministerio del Tiempo se ha metido, sin complejos, en el género de la fantasía travestida de ciencia-ficción y lo ha hecho español con todo lo que le cuelga y sin complejos, entre otras cosas, porque no hay razón alguna para seguir teniéndolos. Desde el punto de vista de la estructura de la historia, el trabajo de los guionistas capitaneados por Anaïs Schaaff y con Carlos Del Pando entre sus filas es de matrícula de honor: sobre una trama general que guía todos los capítulos se despliegan las subtramas que, a su vez, se enraízan en los pormenores de cada episodio. Y se riza el rizo saltando de época, abriendo ventanas a episodios de la Historia bajo la siempre inquietante y fascinante pregunta del “qué hubiera pasado si…” para jugar con ucronías que no llegan a materializarse y que hacen que nuestra imaginación vuele desde la Guerra de la Independencia a la Armada Invencible pasando por la Residencia de Estudiantes donde estaban Lorca y Dalí o, como ocurrió anoche mismo, a la leyenda del Cid Campeador.

Pero, a mi entender, lo mejor del MdT es que consigue crear un universo propio, fantástico, brillante, inspirador, amargo a veces pero, sobre todo, muy nuestro. Los españoles no soportaríamos superhéroes con leotardos de colores ni que los funcionarios de un ministerio (aunque sea el del Tiempo) no se quejaran de las condiciones de trabajo, de los recortes, o, por supuesto, del jefe. Los diálogos de los protagonistas de esta fantasía son tan reales, tan auténticos de nuestro día a día, (magistral cuando, en la primera temporada, Julián le responde a Lope de Vega con versos de una canción de Leño) que provocan que todo el aparataje argumental sea real como sólo la buena fantasía es capaz de hacerlo y que las lecciones de Historia, con sus dulzuras y amarguras, entran con facilidad. Si alguien nos hubiera dicho que una serie de televisión lograría que Lope de Vega o Federico García Lorca fueran trending topic en la red social Twitter, nadie le hubiera creído.

160217 El caballero te necesitaPor supuesto que el MdT tiene incongruencias, anacronismos (y por eso mismo tiene gracia) y por ello desafinan los tenores del habitual coro de cretinos que dicen que si es una apología del españolismo, que no respeta la diversidad plurinacional de España y el resto de sandeces habituales. Nada nuevo en este país donde, como dice Arturo Pérez-Reverte, cuando crees que no cabe un tonto más nos esforzamos en hacerle hueco. La Historia de España es tan, lamentablemente interesante, compleja y fascinante que nos podemos permitir jugar con ella para aprenderla a través de las imaginarias puertas del tiempo del único ministerio que parece funcionar. Y de paso que nos la aprendemos, pensamos también cómo no repetir determinados errores. En lo único que, a mi entender, puede ser mejorado el MdT es en lo que no querrán (o no podrán) mejorarlo: el presupuesto. La industria audiovisual española no puede ni siquiera soñar con las cifras que se manejan en las producciones de cadenas como HBO o Netflix. Quizá el éxito del MdT abra puertas para que las cadenas de televisión arriesguen un poco más con otros géneros que vayan más allá de la sit-com o de la zona de confort que supone elaborar historias pensadas para toda la familia y, precisamente por el amplio espectro al que pretende llegar, no llega del todo a nadie. En todo caso, con el episodio de anoche, se pudo comprobar como se pueden ficcionar hechos históricos o –como en el caso del Cid– más bien legendarios sin perder perspectivas ni caer en la frivolización más allá de lo estrictamente necesario para el entretenimiento. Sin duda, una batalla épica delante de los muros de esa Valencia imaginada nos hubiera encantado pero, como decía Javier Krahe: “En Villatripas de Abajo / se suple con desparpajo / por parte del vecindario / la falta de monetario”. Y, como muestra un botón: la respuesta imaginaria del venerable Ramón Menéndez Pidal a Charlton Heston cuando el actor y amante de las armas de fuego le pregunta qué relación tenían el Cid y Cristóbal Colón y el sabio, con su paciencia ya al límite, le dice: “La única relación que tienen es la letra ‘C’ de Cid, de Cristóbal, de Colón… y de los cojones que hay que tener para hacer estas preguntas”. Magistral.