La Albufera en el cementerio de París

La publicación –y la gran acogida entre la crítica y los lectores que debo agradecer a diario varias veces– que ha tenido mi primera novela, ‘El silencio del pantano’ ha tenido un efecto perverso que intento corregir con estas líneas y que no es otro que el lamentable abandono de este blog. Así que, de nuevo junto a la tumba de Stevenson, aquí en lo alto del Monte Vaea me propongo hablar –no soy demasiado original dadas las fechas– de muertos, lápidas y cementerios. Un post de temporada, vaya, como en la verdulería. Y también hablaremos de un personaje muy importante para mi ciudad, Valencia, y, como es natural en estos casos, bastante desconocido para los valencianos.

En España, los cementerios no son especialmente bonitos salvo honrosas excepciones. No tenemos tradición del camposanto-jardín como ocurre en otros lugares de Europa ni, por supuesto, se nos pasa por la cabeza convertir las necrópolis en el extraño disparate que es la Ciudad de los Muertos de El Cairo donde se mezclan vivos y difuntos y que, por cierto, está magistralmente retratada con tintes de pesadilla lovecraftiana en la novela ‘Extraños eones’ de Emilio Bueso. Entre los cementerios más hermosos en los que he estado destaca el Skogkyrkogården de mi querida Estocolmo. A pesar de que su nombre en sueco parece –y lo es– un galimatías, significa simplemente “el cementerio del bosque” y la serena belleza que configura la comunión entre un bosque nórdico y 50.000 tumbas le ha hecho merecedor de ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Si tuviera que elegir el camposanto que más me ha impresionado éste sería, sin duda, el celebérrimo Antiguo Cementerio Judío de Praga y sus tumbas amontonadas unas sobre otras donde descansan, como pueden, 100.000 almas.

Sin embargo, en la historia de hoy quería hablar de otro de los cementerios más famosos del mundo: el de Père-Lachaise de París, el cual, tiene el récord mundial de muertos ilustres por metro cuadrado. Allí reposan grandes de Francia desde Molière a Edith Piaf. Y también ilustres extranjeros con los que la Parca se citó en la capital gala como el cantante Jim Morrison o el escritor Oscar Wilde.

El Père-Lachaise es enorme. Su superficie es equivalente a casi 44 campos de fútbol divididas en centenares de secciones y calles que necesitarían de una semana para recorrerlas todas. La última vez que estuve en París (ya saciado el hambre de ver otras cosas porque París es de esas ciudades que no te acabas nunca) visitamos el camposanto. Además de ver las tumbas de las celebridades como los mencionados Morrison o Wilde, así como otros como María Callas, Chopin o Marcel Proust, la casualidad quiso que, al girar una esquina de aquel laberinto de tumbas (si no fuera por el sentido de la orientación de Yolanda este escribidor aún seguiría allí dentro como un ánima errante) una gran columna funeraria captó mi atención al destacar por encima del bosque de lápidas y mausoleos. Me pareció un monumento feo, pesado como un menhir como los que el galo Obélix lleva a la espalda coronado en su parte superior con un busto de un señor de pelo rizado e hirsutas patillas. Hubiésemos pasado de largo, pero la inscripción de su basa hizo que me parara en seco. El eterno inquilino de aquel mausoleo era “Marechal Suchet Duc d’Albufera” (pronúnciese a la francesa, o sea d’albufegá) según rezaba el epitafio. ¿Quién era aquel sujeto que se había hecho enterrar como señor feudal del lago valenciano más famoso? En otro costado de aquel pilar estaba su nombre: Louis Gabriel Suchet, mariscal de Francia.

La tumba de Suchet en París.

¿Cómo demonios había acabado un mariscal de Napoleón Bonaparte siendo duque de la Albufera? Pues conquistando la ciudad de Valencia durante la Guerra de la Independencia. En sus memorias, el propio Suchet se calificaba como “el mariscal de la Guerra de España” puesto que fue el único de los altos mandos del Gran Corso que se mantuvo en la península durante todo el conflicto. Y no debió hacer mal trabajo pues el propio Napoleón –que de la única decisión que se arrepintió fue de lo él llamaba ‘desgraciada guerra de España’– decía que si hubiera tenido aquí otro mariscal como Suchet la cosa hubiera sido distinta. A Valencia llegó tras dos intentos fallidos por parte de los franceses de tomar la plaza. El primero fue en 1808, al mando del general Jeannot de Moncey que fracasó, entre otras cosas, porque los labradores de lo que hoy es el barrio de Campanar abrieron todas las acequias anegando los accesos a la ciudad, lo que permitió organizar una defensa mínima pero eficaz. Dos años después, el propio Suchet intentó sitiar la ciudad pero no contaba con efectivos suficientes. Un año después, Napoleón designó Valencia como objetivo prioritario y las divisiones de Aragón de la Grande Armée cayeron sobre la Valencia. El 21 de septiembre de 1811, Suchet estaba en Castellón y, dos días después, llegaba a Sagunto donde el general inglés Blake fue vencido el 24 de aquel mes y se retiró a la capital. De camino, Blake ordenó derribar el Palau Reial –ancestral residencia de los reyes de Valencia desde tiempos de los musulmanes– para que no pudiera ser utilizado por Suchet. El 26 de diciembre empezó el asedio. 33.000 franceses se desplegaron a lo largo del margen izquierdo del Turia desde el Grao, a la orilla del mar, hasta Paterna. Enfrente, concentrados sobre todo entre las poblaciones vecinas de Mislata, Quart y Manises, 26.000 soldados españoles y británicos se aprestaban a la defensa. Suchet mandó parte de su ejército a cruzar el cauce muy río arriba, por Ribarroja, y la cosa le salió bien porque las fuerzas aliadas fueron rodeadas mientras la ciudad sufría bombardeos diarios. Con Valencia perdida, Blake intentó huir con sus tropas el 28 de diciembre, pero no lo consiguió. El 4 de enero, los cañones franceses estaban ya en las defensas exteriores de la ciudad y, a partir del 6 de enero, los bombardeos fueron cada vez más virulentos. Dada la situación, y para evitar más daños, Blake se rindió el 9 de enero. La ciudad tenía entonces unos 100.000 habitantes.

Louis Gabriel Suchet
Louis Gabriel Suchet

El mariscal, ya ennoblecido por Napoleón como Duque de la Albufera (aunque parece ser que intentó ser Duque de Valencia pero el Emperador se negó para evitar ofender a los valencianos que hubieran visto como su antiguo reino era degradado a ducado por los franceses) entró en Valencia el 14 de enero y permaneció en ella como gobernador militar y civil durante año y medio. Los valencianos, con nuestra sorna habitual para estas cosas, le llamaban Duc de les fotxes en referencia a la fotxa que es un ave acuática muy común en la Albufera.

Bajo el gobierno de Suchet se llevó a cabo la planificación y el inicio de muchas obras públicas que fueron concluidas después y que conformaron el aspecto actual de la ciudad. Sin embargo, como hoy hablamos de muertos, destacaré una de las órdenes de Suchet que tiene que ver con ellos. Una de las primeras directrices fue la de prohibir (y así ha seguido hasta ahora) los enterramientos alrededor de las iglesias y se ordenó que todas las inhumaciones se llevaran a cabo en unos terrenos a las afueras que hoy en día forman parte del Cementerio General de Valencia. También estableció que los cadáveres se llevaran a su última morada en el interior de ataúdes y no al descubierto como, por cierto, era costumbre. Para quien quiera saber más cosas sobre la Valencia durante la ocupación francesa es más que recomendable el libro de María Pilar Hernando Serra El Ayuntamiento de Valencia y la invasión napoleónica, editado por la Universitat de València y que se puede adquirir aquí.

La huella, indirecta, de Suchet, se sigue viendo cada primavera en la Semana Santa Marinera de los Poblados Marítimos. Resulta que algunas de las tropas francesas que ocupaban la ciudad fueron evacuadas por mar desde el Grao de Valencia. Para evitar ser identificados por la marina inglesa que dominaba el Mediterráneo, muchos soldados abandonaron sus uniformes y se vistieron de civil para la travesía. Vecinos de los barrios marineros recogieron aquellas ropas abandonadas y, vestidos con ellas, salieron en procesión para festejar la derrota del francés. Hoy en día, la tradición de escoltar algunas imágenes con escuadras de fieles vestidos de soldados napoleónicos es una de las características de la Semana Santa Marinera.

Suchet, tras la derrota francesa en la Batalla de los Arapiles que provocaron la salida de Madrid del hermano de Napoleón, el rey José Bonaparte (Pepe Botella), salió de Valencia y se instaló en Cataluña a la espera de los acontecimientos. La abdicación de Napoleón le pilló en los Pirineos e, inmediatamente, ofreció sus servicios al nuevo rey de Francia, Luis XVIII. Sin embargo, Napoleón volvió (en el llamado Gobierno de los 100 días) y Suchet volvió a cambiarse de bando hasta la derrota final en Waterloo. El gobierno monárquico restaurado le retiró los honores como par de Francia (porque una cosa es cambiarse de bando una vez, pero no dos) aunque consiguió recuperarlo en 1819. En 1823 participó en la expedición de los Cien Mil Hijos de San Luis para reponer como rey absoluto a nuestro infame rey Fernando VII y cargarse la Constitución de 1812 (la Pepa). Fue su última acción en la vida pública. Murió en Marsella tres años después. Tenía 55 años.

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Escudo de armas del Ducado d’Albufera.

Sin embargo, el título nobiliario sigue existiendo. Tras Suchet ha habido otros seis duques d’Albufera. El titular actual del ducado (el séptimo) se llama Emmanuel Suchet, tiene 71 años y es sobrino del tataranieto del mariscal y la dinastía no corre peligro porque su hijo, Armand Louis Napoleón Gérard, de 40 años, ostenta el título de marqués d’Albufera. Son miembros de lo que se llama “Nobleza del Imperio” y conforman una exclusiva aristocracia en el país republicano por excelencia que es Francia.

Cosas así son las que hacen fascinante la Historia. Y comprobar como el destino, la casualidad, el azar o la pura chiripa, en su inmenso baile de piruetas, termina por inscribir el nombre de la Albufera en un mausoleo del cementerio de París.