Lisbeth Salander är tillbaka

Yolanda y un servidor en lo alto del Katerinas Hissen en Estocolmo. A nuestra izquierda está el edificio de Milton Security donde trabajaba Lisbeth Salander.

Durante los últimos días, toda Estocolmo estaba llena de carteles que decían lo siguiente: Lisbeth Salander är tillbaka, o sea, Lisbeth Salander ha vuelto. Y es que, este jueves, 27 de agosto, en medio de una enorme expectación y con un despliegue de medios de comunicación sólo comparable –que yo recuerde– a los últimos volúmenes de la saga de Harry Potter, se presentó una nueva aventura (sí, así hay que llamarla) del personaje de ficción sueco más importante desde Pippi Långstrump (nuestra Calzaslargas): Lisbeth Salander. O, por decirlo de otra manera, por fin llegaba la cuarta parte de la Saga Millennium, once años después de la muerte de su creador, el periodista sueco Stieg Larsson. Me puedo permitir la broma de decir que, en lo de hacerse el sueco, me considero una autoridad en la materia con, incluso, un libro publicado cuyo primer capítulo se puede descargar aquí y, si alguien quiere leerlo entero, adquirir “En Ítaca hace frío” aquí mismo. Y así justifico la entrada de hoy en el blog para hablar de “Lo que no te mata, te hace más fuerte”, escrito por David Lagercrantz y que publica en castellano Ediciones Destino. Y hablar también de mi segundo hogar: Suecia.

Portada Millennium4Tengo una relación especial con la Saga Millennium porque, gracias a su éxito global, se derribaron unos cuantos tópicos sobre Suecia y, de rebote, permitió que mi entorno me entendiera mejor cuando hablaba de aquel país donde viví el final de mi adolescencia a principios de los 90. Las tres novelas de Larsson, además, fueron la vanguardia de un huracán de novela negra de factura escandinava que arrasó en las librerías de todo el mundo. A pesar de que, antes de Larsson, al menos a España habían llegado las novelas de Henning Mankell y su inspector Kurt Wallander, fue tras la estela de Lisbeth Salander cuando llegaron todos los demás como Åsa Larsson (que no tiene nada que ver con Stieg ya que Larsson es un apellido muy común en Suecia), Camilla Läckberg, Jens Lapidus,  Mari Jungsted, Jon Ajvide Lindqvist o el noruego Jo Nesbø. Incluso, en aquella fiebre por todo lo que oliera a noir vikingo, se reeditaron a los referentes de todos ellos (incluido Stieg Larsson): la pareja de periodistas compuesta por Maj Sjöwall y Per Wahlöö quienes, en los sesenta, mezclaron por primera vez en sus novelas la trama policial con la crítica social en la serie de aventuras del inspector Martin Beck. Por cuestiones de espacio –y para no aburrir a quienes se han acercado a escuchar otra nueva historia aquí junto a la tumba de Stevenson– me ahorraré a los autores finlandeses, daneses, islandeses y hasta lituanos que también llegaron bajo la sombra de los suecos.

Noomi Rapace, la primera actriz en encarnar a Lisbeth Salander
Noomi Rapace, la primera actriz en encarnar a Lisbeth Salander en la versión sueca de la saga.

De todos modos, fue Stieg Larsson y su descomunal éxito el que hizo que la novela negra nórdica se convirtiera casi en un género literario en sí mismo hasta el empalago. Como casi todo de lo que se abusa, las vísperas de mucho se convirtieron en mañanas de nada y, con el tiempo, otros modos de entender la novela negra lograron abrirse hueco. Entre tanto, la saga Millennium se convertía en un fenómeno global y en una máquina de hacer dinero. Los libros se tradujeron a 40 idiomas para 80 millones de lectores en todo el mundo y su personaje más carismático: la inadaptada, bisexual, medio yonqui y brillante hacker gótica-punk Lisbeth Salander se hacía de carne y hueso en las caras de las actrices Noomi Rapace (en la película sueca) y Rooney Mara (en el film norteamericano). Incluso la cadena sueca de tiendas de ropa H&M lanzaba al mercado una colección que imitaba el peculiar y siniestro estilo de vestir de la heroína.

Rooney Mara fue Lisbeth en la versión norteamericana
Rooney Mara fue Lisbeth en la versión norteamericana del primer film.

Decía Mario Vargas Llosa en este artículo de septiembre de 2009 que Lisbeth Salander merecía vivir y como tal entendía que debía ser admitida en el selecto club de personajes ficticios que quedan en el imaginario colectivo como Don Quijote, Sherlock Holmes o Peter Pan. Sin embargo, una gran dama del género negro como Donna Leon mostró su monumental desprecio por la obra de Stieg Larsson al decir de la saga que era “patológicamente mala con una actitud que es un agravio a las relaciones humanas. Todos los contactos sexuales son violentos, no hay pasión en esos libros, sólo furor por la venganza”. La de cal y la de arena, vaya.

¿Tiene Lisbeth Salander el fuste suficiente como para entrar en ese grupo de personajes que trascienden a sus creadores y se convierten en arquetipos? Podría decirse que la nueva novela de la saga puede ser la prueba del nueve que nos saque de dudas, pero, francamente, no lo creo. Lisbeth es un magnífico personaje, sin duda, pero no deja de ser un híbrido propio de nuestra fábrica cultural posmoderna, es decir, concebida a partir de otras referencias. Es un personaje eterno en su versión 3.0. No es nueva la figura del héroe que lucha por un mundo mejor y al que le toman por loco (Don Quijote); ni la del ángel vengador que castiga a los malvados (el conde de Montecristo); ni la del inadaptado que resulta ser un genio en una disciplina especialmente complicada (el profesor James Moriarty). Ni siquiera su condición de mujer fuerte es inédita en el elenco universal de personajes (ahí está la fascinante Débora del Antiguo Testamento, la única juez de Israel  o Hipólita, la reina de las amazonas, por citar a las dos más antiguas). Quizá lo que hace diferente a Lisbeth es su furia que se traduce en pura violencia como Larsson retrató en la antológica escena de la tortura a su tutor legal o cuando intentó quemar vivo a su padre con doce años. Y además de su cólera salvaje que raya en el sadismo (aunque los receptores de su ira, eso sí, son verdaderos canallas que se lo merecen), Lisbeth, además, es lista. Muy lista. Y además es una hacker prodigiosa que puede hacer magia con un teclado de ordenador bajo los dedos. Toda esta combinación de factores, de perchas antiguas con vestidos nuevos, es lo que la convierte en la fascinante guerrera de género del siglo XXI que ha cautivado a millones de personas y que, con esta nueva novela, pretende trascender a su creador.

H&M Lisbeth
Algunas prendas de la cadena H&M inspiradas en el estilo gótico-punk de Lisbeth Salander

Dado que Stieg Larsson murió con 50 años de un infarto y no pudo disfrutar del descomunal éxito de su criatura literaria, todo lo que ha rodeado la obra después es casi tan apasionante como la historia misma. No me extenderé demasiado en ello pero merece la pena destacar que los administradores de la obra (y fortuna) de Larsson son ahora su padre y su hermano con los que, según su compañera sentimental y madre de sus hijos (con la que no llegó a casarse nunca) no se hablaba desde hacía más de 30 años. Han sido ellos los que han encargado a David Lagercrantz (que es un periodista y escritor de encargo famoso en Suecia por escribir la autobiografía fantasma del futbolista Zlatan Ibrahimovich) que hiciera una cuarta entrega de Millenium en un intento de que la criatura sobreviva a su creador como ya se ha hecho con otros personajes como James Bond o Batman. La nueva novela, además, ha sido redactada desde cero según su autor. Y es que, entre las armas que se usaron en la monumental pelea que se llevó a cabo por la herencia de Larsson (tanto la literaria como, sobre todo, la que estaba en abultadas cuentas bancarias), estaba lo que el autor tenía –o no tenía– en la cabeza.

Eva Larsson, la viuda de hecho del autor, sigue hablando de las notas que, según ella, dejó el malogrado periodista para continuar la saga. En la última década (y dado que este escribidor viaja a Suecia prácticamente todos los años) he oído casi de todo. Al principio era una única trilogía pero, tras el éxito, llegó un supuesto cuarto libro que Larsson tenía muy adelantado y cuyo manuscrito guarda la viuda. Aquel borrador –que situaba la acción en Ciudad Juárez, en México, tristemente famosa por los asesinatos de mujeres– se convirtió más tarde en un buen conjunto de notas y apuntes para que la trilogía se convirtiera en heptalogía y, por último, en el convencimiento de que Larsson pretendía escribir 10 libros de su especial universo que convertía a la desarrollada y civilizadísima Suecia, como decía el maestro Vargas Llosa en el artículo que he mencionado antes, “en una sucursal del infierno donde los jueces prevarican, los psiquiatras torturan, los policías y espías delinquen, los políticos mienten, los empresarios estafan, y tanto las instituciones y el establishment en general parecen presa de una pandemia de corrupción”. Ahí es nada. No me resisto a señalar que Larsson era un convencido militante de izquierda (muy de izquierdas incluso en términos suecos, que ya es decir) que trabajaba en una revista muy minoritaria (Expo) un tanto obsesionada con la extrema derecha nórdica que, sin duda existe, pero no en las aterradoras hechuras que imaginó Larsson para sus novelas donde la ubica infiltrada en todas las instituciones políticas, sociales y económicas merced a un movimiento nazi subterráneo que ha regido los destinos de Suecia desde la II Guerra Mundial.

La actriz Ingrid Nilsson con 9 años cuando interpretó a Pippi Långstrump y con 27, tres más de los que  tiene Lisbeth en la saga.
La actriz Ingrid Nilsson con 9 años cuando interpretó a Pippi Långstrump y con 27, tres más de los que tiene Lisbeth en la saga. Larsson fantaseó con la idea que Lisbeth era Pippi crecida.

De todas las cosas que Eva Larsson ha dicho durante la última década, me quedo con la gestación de Lisbeth Salander como personaje literario. Decía su viuda que siendo un adolescente, Stieg vio como varios compañeros de su instituto violaban a una chica y que no hizo nada por impedirlo. Los remordimientos por su miedo o cobardía le acosaron durante mucho tiempo y empeoraron cuando, por fin, reunió el valor para dirigirse a la víctima para pedirle perdón por su inacción y ella, claro, le despreció. Años después, el escritor recibió el encargo de realizar un reportaje fantaseando sobre cómo podía ser Pippi Långstrump cuando hubiera crecido. Aquella chica violada en su pueblo y el carácter salvaje y contracorriente de la niña pelirroja de las trenzas tiesas se mezclaron en la mente de Larsson y el resultado fue Lisbeth Salander.

La nueva entrega de Millennium viene bajo la firma de David Lagercrantz, un periodista de familia aristocrática que recibió el encargo del hermano y padre de Larsson. Lagercrantz se hizo famoso por escribirle al futbolista Zlatan Ibrahimovich una autobiografía dictada. A ver si me explico: el libro en cuestión se llama, en letras gordas, Jag är Zlatan Ibrahimovich. Min historia, o sea, “Yo soy Zlatan Ibrahimovich. Mi historia”, pero, en letras pequeñas, en la portada se añade berättat för David Lagercrantz, es decir, “contada a David Lagercrantz”. Vamos, que no se engaña a nadie, si bien Lagercrantz confesó luego que algunos episodios fueron embellecidos quizá un poco demasiado en aras de la amenidad o el dramatismo. Sólo aquí en España nos creemos que Belén Esteban puede escribir un libro. O leerlo. Por cierto que este libro, publicado en Suecia en 2010 y en media Europa en los dos años siguientes, no llegará a España hasta este otoño y dicen las malas lenguas que tal retraso es porque Zlatan ponía a caer de un burro a su entonces entrenador del F.C. Barcelona, Pep Guardiola, entonces en estado de gracia porque lo ganaba todo.

La nueva entrega de Millennium lleva por título, en sueco, Det som inte dödar oss, literalmente “Lo que nos mata” que, en su versión en castellano se ha puesto en singular y se ha completado el sentido de la sentencia de forma que ha quedado “Lo que no te mata te hace más fuerte”. La frase está atribuida al filósofo alemán Friedrich Nietzche, lo que le viene pintiparado a la iconoclasta y salvaje Lisbeth Salander. No obstante, la sentencia original no tiene el mismo sentido tal y como la escribió Nietzche  en su obra El crepúsculo de los ídolos o como se filosofa a martillazos. Entre los aforismos que se encuentran en este libro figura lo siguiente: “Lo que no te mata te hiere de gravedad y te deja tan apaleado, que luego aceptas cualquier maltrato y te dices a ti mismo que eso te fortalece”. El sentido, como se ve, es ligeramente distinto.

Evidentemente, no he leído la novela todavía. La trama gira esta vez en torno a una red de espionaje informático a gran escala en la que ciberdelincuentes aún peores que Lisbeth Salander roban secretos con los que extorsionan a los servicios de inteligencia. En las otras novelas anteriores, Lisbeth es un personaje vital para la trama, sin duda, pero no es el único. Por lo que ha trascendido hasta el momento de escribir este post (y no han pasado ni 24 horas desde la presentación en el imponente edificio de la editorial Nordstedt en Estocolmo) la cuarta entrega de Millennium está mucho más centrada en Lisbeth que en cualquier otro personaje y, además, la protagonista, según dice María Crespo en su crítica rápida en el diario El Mundo “sorprende la evolución de Salander, la ‘hacker’ gótica y justiciera que aquí se vuelve más sensible, más humana y hasta errática. Es como si el autor dibujara dos prototipos de mujer: las manipuladoras y despiadadas o las frágiles y miedosas, sin que sepamos muy bien en qué página se encuentran todas las demás”. Más duro aún es Jens Liljestran, el crítico literario del periódico Expressen, que ha dado la bienvenida a la cuarta entrega de la saga con el siguiente titular “El nuevo Millennium, una desesperanzada y pálida copia”, aderezado así: “Y aquí estamos. La industria editorial necesitaba un best seller, los medios necesitaban un libro del que pudieran parlotear, en las tertulias hacía falta un escritor parlanchín y enfrente de mi tengo un ladrillo de 500 páginas que, de hecho, tiene una calidad incluso, inferior, a la que se espera de la literatura de entretenimiento”.

Todavía no tengo criterio respecto a Millennium 4 porque no lo he leído. Los avances, no obstante, no me dan buenas vibraciones porque uno de los méritos de Larsson con su historia –a pesar de que, técnicamente, la novela tiene sus fallos– es el de haber conseguido pintar el horror que supone la violencia misógina como lo que es: una tragedia cotidiana oculta bajo la normalidad de los lazos familiares que, en el caso de la desarrollada, avanzada, rica y tolerante Suecia, aún es más sangrante. No en vano, en la única entrevista que Larsson dio sobre su obra antes de su repentina muerte aseguró que “el 65% de las mujeres suecas ha sufrido algún tipo de maltrato y el 95% nunca lo denuncia oficialmente”. Por ello, las habilidades casi sobrehumanas con los ordenadores de Lisbeth, la integridad periodística casi angélica de Mikael Blomkvist o las diabólicas maniobras de la parte malvada del clan Vanger no son, en mi opinión, sino las palancas con las que Larsson consiguió mover un peso aún mayor. Por esa razón, la idea de Lisbeth batiéndose contra oscuros poderes internacionales me acerca a la heroína a algo más parecido a Lara Croft que a cualquier otra cosa. Sin embargo, estoy dispuesto a concederle el beneficio de la duda.

La historia de hoy junto a la tumba del Monte Vaea va a ser más larga de lo habitual porque ésta no es la primera vez que escribo sobre Lisbeth Salander. En mi libro de viajes sobre Suecia “En Ítaca hace frío” invitaba a los lectores a que me acompañaran en un paseo por Estocolmo y del que reproduzco ahora un fragmento:

“Aquí cerca del Slussen está el Museo de la Ciudad. Desde aquí salen las excursiones guiadas del Millennium Tour, que recorren los lugares de Estocolmo donde Stieg Larsson ubicó los hogares y los lugares más importantes de su celebérrima trilogía iniciada con Los hombres que no amaban a las mujeres. Este recorrido se ha convertido en uno de los más populares de la capital y casi en una industria turística. […]

El Café Mellqvist donde acaba la primera novela y donde Larsson desayunaba casi a diario
El Café Mellqvist donde acaba la primera novela y donde Larsson desayunaba casi a diario. Arriba está la sede de la revista “Expo” donde trabajaba.

Cruzamos el Skeppsbron y giramos a la derecha. Detrás  quedan los edificios de acero y cristal donde se apoya el Katerina Hissen donde Larsson imaginó que estaban las oficinas de la empresa Milton Security donde trabajaba Lisbeth Salander. Entramos en Hornsgatan y hemos de recorrerla casi toda, unos 700 metros, hasta llegar a nuestro destino. La calle se abre a nuestra derecha en una plaza con dos parterres que revientan con el verde del verano. Los edificios son normales. Casi diría que vulgares: fincas de seis pisos de líneas rectas y funcionales. No hay que olvidar que esta zona, el ahora sofisticado y bohemio Södermalm, era un barrio obrero de casas de protección oficial construidas, sobre todo, en los años 60 y 70 para albergar a las familias de los trabajadores de las fábricas del sur. Tras los dos parterres se vislumbra el nombre: Mellqvist Kaffebar. Es un sitio normal, como los hay a centenares en Estocolmo. Es un lugar para ta en fika, es decir, donde tomar café, té, o algo para comer. En la puerta de este sitio es donde tiene lugar el final de Los hombres que no amaban a las mujeres. Como es verano, la terraza está llena (ningún sueco se mete en el interior de un local si el sol está fuera) así que no vamos a tener problemas en sentarnos en la primera mesa a la izquierda de la entrada. Aquí, muchas mañanas, Stieg Larsson desayunaba porque la revista donde trabajaba, Expo, tenía su redacción justo encima de este café. Desde donde estoy sentado puedo imaginar al propio Larsson tomando notas para sus novelas o quizá escribiendo alguna página de ellas. Pido un té y un kanelbulle (un bollo de canela) al camarero […] La caminata me ha cansado y saboreo el té y mi kanelbulle. Una mesa de la terraza ha quedado libre y, como un rayo, cojo mi consumición y me aposento en ella para acabar mi infusión con un cigarrillo. Ensimismado en mis notas no la he visto llegar y me habla con el cortés tono de voz que usan siempre los suecos:

–Hej! Har du eld?– o sea, “hola, ¿tienes fuego?”

Es una chica de entre veinte y treinta años aunque es difícil saberlo. Va vestida de negro de arriba a abajo. Está tan delgada y debió ser tan rubia que me recuerda a una espiga de trigo que hayan pintado con betún. El pelo –ahora tintado de azabache– lo lleva casi rapado en el lado izquierdo de su cabeza pero largas greñas le cuelgan del derecho. En sus orejas centellean casi media docena de pendientes. Sonríe mientras se coloca en sus labios, también taladrados por un par de aros de plata, un cigarrillo.

–Javisst! Var så god! (Por supuesto, aquí tienes)– y se lo enciendo.

–Tack (Gracias)

Portada ÍtacaTras una profunda calada al pitillo, me sonríe y sigue su camino. Me quedo mirando como se aleja mientras me siento como el pescador que vio bailar a las ondinas despojadas de sus pieles de foca. Pero esta es una ninfa del siglo XXI, vestida de luto con la belleza inquietante de una rosa negra. De su hombro derecho cuelga una bolsa de tela oscura estampada de calaveras de cuyo interior sobresale la esquina de un ordenador portátil. La camiseta que lleva está abierta por detrás y deja al aire su espalda. Entonces me fijo y quiero creer que veo un enorme tatuaje sobre su piel blanquísima. Los pliegues de la tela negra no me dejan percibir el dibujo entero pero, quizá, sea lo que yo deseo que sea: un enorme dragón que se desenrosca desde los omoplatos a la cadera. Puede que viva en el barrio y a lo mejor he tenido suerte y esta tarde he visto a la misma chica que Stieg Larsson veía por aquí las mañanas que desayunaba en este café mientras creaba la trilogía Millennium. Quizá he visto a Lisbeth Salander”.